Mi nombre es Facundo Hassan y desde chico lo mío fue siempre lo creativo: necesitaba hacer cosas con las manos, entender cómo se construían.
Antes de Shizen fui carpintero. Diseñaba y fabricaba muebles, y ahí aprendí a trabajar la madera con paciencia y cuidado por el detalle. Ese proyecto no prosperó por distintos motivos, pero no quería dejar la madera atrás — así que empecé a tallarla para hacer velas. De esa búsqueda nació el nombre: Shizen, naturaleza en japonés. No fue una elección al azar: la filosofía japonesa, ese respeto por lo simple y lo bien hecho, se convirtió en la base de todo lo que vino después.
De las velas pasé a las fragancias, y el mismo camino — el amor por esa filosofía — me llevó a adentrarme en el mundo del té. Cada etapa fue una consecuencia natural de la anterior, no un plan armado de antemano.
Lo único que tuve claro desde el principio fue que cada blend tenía que ser único. Al principio costó: las primeras pruebas no salían como las imaginaba. Pero con tiempo, paciencia y muchos intentos, empezaron a aparecer las combinaciones que hoy son Shizen — cada una pensada, cada una irrepetible, tal como aprendí a hacerlo desde que trabajaba la madera con mis propias manos.